Vivir con una etiqueta

08 julio 2015

Últimamente veo muchísimo en la red auténticos debates morales sobre las dietas, la obesidad, la anorexia y las modelos. 

Me he encontrado con muchísimas fotos de chicas gorditas o incluso modelos de tallas grandes que han sido avasalladas con un aluvión de críticas. Lo que más he leído últimamente es “no debemos ensalzar ni la extrema delgadez ni la obesidad”, algo que me parece completamente correcto; lamentablemente, a esta afirmación le sigue la mayor parte de las veces el “está gorda porque quiere; si no zampase comida e hiciese ejercicio no estaría así” y también “la que está obesa no está sana, tendrá más problemas de salud que la que está delgada”.


¿Qué hay de cierto en esas afirmaciones? Si somos realistas, ni la obesidad ni la extrema delgadez son buenas; pero machacar a una persona que sufre obesidad recalcándole que por culpa de ello no está sano… es una atrocidad.

Llevamos muchísimos años viendo a modelos extremadamente delgadas, incluso ha habido algunas campañas publicitarias de moda que no se han emitido en algunos países precisamente porque la modelo estaba literalmente en los huesos. Ahora bien, ¿y cuando esas campañas sí se han emitido? ¿Y cuando hemos visto como presentadoras de la televisión con una talla 38 han sido criticadas de estar gordas? ¿Qué pasa con todas esas adolescentes que no comen o a veces no quieren ni salir de casa porque gastan una talla 42?

Nos hemos quejado durante muchísimos años de la extrema delgadez de las modelos pero también hemos “tragado” mucho; y de repente, salen varias modelos de tallas grandes y parece ser que ellas “no tienen derecho a vestirse”. Parece ser que la gordura no sólo no es una falta de estética sino que además no es sana en ninguna de sus vertientes y a muchos les hace daño a la vista.

A veces contestando un simple comentario en las redes sociales no llegamos a ninguna parte; es por eso que quizás hoy me abro un poco con todos vosotros.

Yo estoy gorda. Sí. Lo estoy. No es sobrepeso, es obesidad. Muchas seguro que me ven por la calle y piensan que soy una “zampabollos”, que no me cuido, que no hago ejercicio y que además, no estoy “sana”.

De todas esas afirmaciones una es cierta. No estoy sana. Lamentablemente, no lo estoy, pero no es por el peso de más. Mi “gordura” es la CONSECUENCIA de no estar sana. 

Esto no es algo que se va diciendo a cada persona con la que te cruzas en la calle, ni cada vez que te pones un bañador, ni cuando estás en el gimnasio sobre una bicicleta de spinning. ¿Sabéis que es vivir con esa etiqueta? ¿Sabéis que es entrar en una consulta del médico y que lo primero que te suelten es que tienes que perder peso hasta que “oh!” ven tu expediente y se tienen que callar la boca?

Como ya dije en el post de “50 cosas sobre mí” soy una persona bajita. Mido aproximadamente 1,53m –y no, no os diré el peso para así evitaros lo de calcular mi índice de masa corporal, vamos a evitar sustos– pero sí os diré que hace unos años pesaba mis 53 kg estupendamente. Hacía deporte, comía bien, siempre había tenido algo de complejo pero lo llevaba bien. Cabía en una talla 38, que tiempos aquellos! Cuando ibas a comprar ropa y te podías poner literalmente lo que te diese la real gana. Podías ponerte un vestido con un tanga debajo porque no te rozaban ni los muslos!! Qué sexy podías llegar a sentirte…

Me diagnosticaron con 19 años una enfermedad crónica, sin cura, con el pronóstico de que quizás algún día podría necesitar un trasplante.

La maldita enfermedad fue provocándome problemas en otros órganos y una fatiga extrema. No tenía hambre, dejé casi de comer. No digería bien la comida ya, muchas cosas me hacían daño y no las toleraba. Se me fue la regla incluso.

Empecé a subir de peso de una manera incontrolable; lo digo así porque realmente no estaba en mi mano.

Pasé a ser la chica gorda que no se sentía ni guapa, ni sexy, ni nada.

Cuando Albert me pidió que me casara con él empecé mi lucha interna por adelgazar para la boda. Sabía que me costaba mirarme al espejo, que ya no me gustaba salir de cuerpo entero en las fotografías; y no quería odiarme por sentirme así al ver las fotos de mi boda.

Me puse en manos de un nutricionista y una enfermera; teniendo mucho ojo en las cosas que comía o tomaba para no agravar mi estado de salud en ningún momento. Empecé a hacer mucho más ejercicio, soportando el dolor. Me levantaba por las mañanas con un dolor extremo y me iba al gimnasio. Los primeros días incluso lloraba en las duchas. Prefería mil veces el dolor a verme gorda. Hacía cálculos, pensaba cuantos quilos podía quitarme por semana para llegar a mi meta. 

No sirvió de nada. Perdí poquísimo peso para todo aquel esfuerzo, dolor y lágrimas.

Después de la boda dejé las dietas estrictas y tuve que cambiar el estilo de ejercicio que hacía. Decidí que comería sano, dándome de vez en cuando algún capricho, y que haría el ejercicio que mi cuerpo pudiese soportar.

Decidí quererme. Decidí aceptar que sería una chica “curvy”.

No obstante, os engañaría si dijera que no me afectan los comentarios que veo continuamente en la red y en la calle. Hace unos días me enteré que a la hija de prima, con tan solo 6 añitos, una niña del colegio la había llamado gorda porque es la más alta de la clase. Llegó llorando a casa y no quiso comer ese fin de semana. ¿A qué demonios hemos llegado? ¿Niñas de 6 años pensando en la delgadez? Sé que los niños pueden llegar a ser muy crueles a veces pero con esa edad deberían estar pensando en jugar con muñecas y no en insultar a la compañera de su clase.

¿Es culpa de los anuncios? ¿De las modelos? ¿De las firmas de ropa? ¿O es culpa de toda la sociedad? ¿Culpa de madres llenas de prejuicios que no aceptan sus cuerpos o que están más preocupadas en criticar el cuerpo de las demás?

¿Cómo es posible que en el 2015 subir una foto en bikini y estar gorda sea algo viral que todos debemos comentar? ¿Cómo es posible que tenga que leer comentarios del estilo “qué ridícula se ve”?

Estoy harta de leer que se deberían usar modelos con una talla “normal”, una talla 42. Entonces, yo debo considerarme: obesa, gorda, ridícula y anormal, no?

Deberíamos aceptar que hay mujeres delgadas, no tan delgadas, gordas y muy gordas. También hay mujeres feas y mujeres guapas, mujeres listas y mujeres tontas, mujeres buenas y mujeres malas, mujeres simpáticas y mujeres antipáticas, mujeres mentirosas y mujeres sinceras. Deberíamos aceptar que estamos en un mundo plural, lleno de diversidad. Si todo el mundo fuese igual a todo el mundo ¿dónde estaría lo divertido? ¿Qué sería del chico guapo conoce a chica guapa? ¿O del chico feo se acuesta con pibón de instituto? ¿Dónde quedaría la atracción, la sorpresa de conocer a alguien nuevo y diferente?

Detrás de cada persona hay una historia. No juzguemos el libro por las tapas; no sabemos en que estantería ha estado guardado, en que bolso ha sido transportado ni el trato que le han dado. No sabemos si al abrirlo encontraremos las páginas en blanco o un mundo lleno de curiosidades y aventuras.
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